Una casa contemporánea en Achumani: decisiones de diseño que lo cambiaron todo

El día que Monte Acuario empezó a existir de verdad, todavía no había puertas que abrir ni escalones que subir: solo un terreno en Achumani, una pendiente desafiante y una idea insistente dando vueltas en la cabeza. Desde el primer trazo entendimos que no íbamos a diseñar “una casa de tres niveles”, sino un recorrido: una secuencia de espacios capaces de atrapar la luz, enmarcar las vistas y hacer que cada giro tuviera sentido. Porque una vivienda no se vuelve memorable por sumar metros cuadrados, sino por ese hilo invisible que conecta la vida cotidiana con la emoción de habitarla.

El proyecto Jimenez empezó como empiezan las buenas historias: con una pregunta simple y exigente a la vez. ¿Cómo se habita una casa de tres niveles sin que se sienta “por pisos”, sino como un recorrido continuo que te lleva, casi sin darte cuenta, desde lo íntimo hacia lo abierto?

La primera decisión fue entender la luz como material de construcción. No se trataba solo de “abrir ventanas”, sino de coreografiar el día: el sol de la mañana entrando como una promesa tranquila, el mediodía filtrado para que la casa respire, y la tarde cayendo sobre las vistas como un telón dorado. Por eso las plantas giradas no fueron un gesto caprichoso: fueron una respuesta precisa para orientar espacios, capturar momentos y evitar que la casa quedara rígida, simétrica y predecible. Cada giro buscó una cosa: que la luz no llegue igual a todos lados, sino mejor a donde importa —en la sala cuando la familia se reúne, en el comedor cuando la conversación se alarga, en los pasillos cuando uno camina sin prisa.

La segunda decisión fue diseñar el recorrido como si fuera un pequeño viaje. En una vivienda de tres niveles, la escalera puede convertirse en trámite o en narrativa. Aquí la pensamos como una columna vertebral: conectando el sótano —más íntimo, más de encuentro contenido— con la planta baja, y de ahí a la planta alta, donde el descanso necesita silencio y control del paisaje. El sótano, por ejemplo, se imaginó como un refugio: sala familiar, barra, una atmósfera más baja de luz, acabados cálidos, un lugar para quedarse. La planta baja, en cambio, debía ser el corazón abierto: espacios integrados, continuidad visual, ventanas de piso a techo y una transición casi natural hacia el exterior. Y arriba, las habitaciones como un “último capítulo” más sereno: privacidad, luz bien dirigida, balcones como pausas.

La tercera decisión fue darle a la casa una identidad honesta en materiales y detalles. Hay proyectos que se disfrazan; este no. La intención fue que lo que se toca se sienta real, que lo contemporáneo no sea una moda sino una consecuencia. La madera aporta calma, el hormigón da carácter, los planos blancos permiten que la luz haga su trabajo. Incluso cuando el proyecto creció y aparecieron nuevas piezas —como el pedido posterior de diseñar un bar y sala de TV en el sótano— mantuvimos el mismo criterio: integrar, no “pegar”. La barra encajada entre columnas circulares, la estructura metálica que exhibe botellas como una pequeña colección personal, las tiras LED que no gritan pero modelan el espacio… todo suma a una idea: la casa no es un catálogo de ambientes, es una sola voz con distintos tonos.

Y tal vez por eso, cuando uno recorre Monte Acuario, no recuerda primero los metros ni las listas de ambientes: recuerda sensaciones. Recuerda cómo la vista aparece en el momento justo, cómo una esquina te obliga a girar y ahí la casa te muestra otra cara, cómo la luz cambia de piso en piso como si el día también tuviera niveles. En el fondo, este proyecto no trata solo de una casa en Achumani: trata de lo que pasa cuando el diseño deja de ser dibujo y se vuelve experiencia. Cuando cada decisión —girar una planta, abrir un plano, ajustar una sombra— se convierte en parte de una historia que se puede habitar. Y eso, al final, es lo que buscamos en Artefacto: que la arquitectura no se mire solamente… que se viva.

El día que volvimos a entrar a Monte Acuario, la casa ya estaba ahí —tres niveles apilados en la ladera de Achumani— pero todavía no era una experiencia. Había estructura, había metros cuadrados, había vistas… y sin embargo faltaba ese hilo invisible que hace que una vivienda se sienta inevitable:

El día que Monte Acuario empezó a existir de verdad, todavía no había puertas que abrir ni escalones que subir: solo un terreno en Achumani, una pendiente desafiante y una idea insistente dando vueltas en la cabeza. Desde el primer trazo entendimos que no íbamos a diseñar “una casa de tres niveles”, sino un recorrido: una secuencia de espacios capaces de atrapar la luz, enmarcar las vistas y hacer que cada giro tuviera sentido. Porque una vivienda no se vuelve memorable por sumar metros cuadrados, sino por ese hilo invisible que conecta la vida cotidiana con la emoción de habitarla.

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